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7 lecciones que aprendí viajando

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7 lecciones que aprendí viajando

Ayer nomás se cumplieron cuatro años desde que dejé mi país con la idea de vivir un año en Suecia, viajar otro poco, y luego retornar. Las primeras dos consignas las cumplí; la tercera, solo a medias, pues no he vuelto más que de visita. La mía puede ser una historia entre tantas, y sin dudas lo es. Pero en estos años he aprendido mucho y, sobre todo, que nuestras aventuras, por pequeñas que parezcan, pueden servir para inspirar y emocionar a otras personas.

Cómo empezó todo

Unos años atrás, vivía en Argentina, trabajaba de editora y lidiaba con las alegrías y las tristezas esperables para todo habitante de Buenos Aires. Esa ciudad tiene el don de ser tan caótica como atrapante, créanme. No me encontraba mal, aunque había varias cuestiones personales sin resolver dando vueltas y sabía que a la larga me podrían “pasar factura”. Cierto hartazgo, un poco de cansancio, miedo a estar dejando pasar algo importante…

Así que hice lo que toda persona adulta, seria y responsable haría (¿?): vendí todo, guardé otro poco, puse en pausa el trabajo y solicité una visa para vivir en Escandinavia. Despedí a mis amigos y emprendí un viaje que ya lleva miles de días.

suecia estocolmo

Estocolmo, la capital de Suecia, fue el primer lugar donde viví al inicio de este viaje. Le seguirían Copenhague, Berlín y Oslo. También tuve la oportunidad de conocer hermosas ciudades como Budapest (Hungría), Viena (Austria), Palermo (Italia), Barcelona y Madrid (España, claro), Londres (Reino Unido), Riga (Letonia) y París (Francia).

Un viaje puede ser un gran maestro

Ya lo decía Sigmund Freud: “Si realmente el sufrimiento da lecciones, el mundo estaría poblado sólo de sabios. El dolor no tiene nada que enseñar a quienes no encuentran el coraje y la fuerza para escucharlo”.

Bueno, pienso que lo mismo se puede decir de los viajes. Abordar un avión, vivir en otro país, probar platos locales, escuchar otras lenguas no son trucos de magia para convertirse en una persona sabia que tiene mucho que enseñar de la vida. De nada sirve la experiencia si el movimiento, el cambio, no empieza por nosotros mismos. Ni siquiera necesitamos irnos muy lejos para abrirnos a nuevas ideas y experiencias.

Viajar puede enseñarnos mucho cuando tenemos la apertura y la humildad para aprender. Lejos de la idea de “ya lo sé todo y lo que no, lo busco en Internet”, el viajero que aprende es aquel dispuesto a ver, escuchar y cambiar.

Mis lecciones favoritas

Ahora sí, enumero algunos de los aprendizajes más significativos que estos años me han dejado.

  1. Ocuparse más, preocuparse menos. Esto es como decir: tener más cuidados, pero menos miedos. Cuando se viaja, no hay nunca que relajarse al ciento por ciento, ni tampoco dormir con los ojos abiertos. Simplemente ser personas precavidas, preparadas.
  2. No desesperarse. A excepción de casos e historias ciertamente trágicos, lo cierto es que el 90% de nuestros problemas tienen solución. Esto incluye a las dificultades imprevistas, las piedras en el camino que “eran de esperarse”, e incluso factores humanos impredecibles. Respira.
  3. Dar y recibir. Comparte no solo lo material, sino también tu conocimiento, información que hayas recolectado y que a otros pueda servirles. Regala un poco de tu tiempo.

Por otro lado, cuando lo necesites, pide ayuda. No tenemos que ser siempre autosuficientes. Hay caminos que otros ya han andado y su experiencia puede ayudarnos.

  1. Sé amable. Tanto con las personas conocidas como con las desconocidas. Ponte en su lugar, trátalos bien. Nunca sabemos si quien tenemos enfrente está pasando por un momento duro. Nuestra amabilidad y empatía podrían hacer un mundo de diferencia.
  2. Presta atención. Para no olvidar tus cosas, para no tomar el tren equivocado, para entender las instrucciones que te están dando, para no perderte en calles que no conoces… Mantén los ojos bien abiertos y procura estar en el momento presente.
  3. (Casi) Todo lo mejor de la vida te espera más allá de la zona de confort. Esto no quiere decir que tengas que mudarte de país. Las zonas de confort no son necesariamente geográficas. A veces es ese trabajo que no dejas por miedo, esa relación vencida de la que no logras irte…
  4. Menos es más. No necesitas diez pares de zapatos, cuarenta platos ni cien amigos. Aprende a vivir con menos y te prometo que ti vida será más suave y fácil.

Para cerrar, dejarse llevar…

Solo eso. Cada tanto, no te olvides de soltar un poco las velas y ver adónde te lleva el viento.

Si te gustó este post, no te pierdas este otro que escribí acerca de los creadores de contenido. También te invito a visitar mi página de Instagram, donde publico historias, reflexiones y comparto con una gran comunidad de lectores y escritores: el_viaje_de_la_palabra_

 

¡Hasta la próxima!

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