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Los cuentos de hadas originales: los finales oscuros de Caperucita, Cenicienta y La sirenita

Nos han acompañado desde pequeños. Hemos escuchado que Caperucita Roja se salvó gracias a un cazador, que Cenicienta consiguió casarse con el príncipe después de perder un zapato y que la sirenita terminó viviendo feliz en tierra firme. Pero muchas de esas imágenes pertenecen a adaptaciones modernas.

Si nos acercamos a los textos de Charles Perrault, los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen, descubrimos relatos con castigos severos, pactos peligrosos, hambre, abandono y desenlaces sorprendentes. ¿Por qué eran así? ¿Se contaban realmente a los niños? ¿Quién decidió suavizarlos?

Para entenderlo conviene empezar por una idea: no existe una única versión «original» de todos estos cuentos. Muchos proceden de tradiciones orales que cambiaron durante generaciones antes de llegar al papel. Algunas diferencias que hoy nos parecen escalofriantes cuentan, en realidad, la historia de cómo cada época transmitía sus miedos y sus enseñanzas.

Antes de Disney: los cuentos cambiaban cada vez que se contaban

Durante siglos, los relatos populares viajaron de una familia a otra, de pueblo en pueblo y entre distintas lenguas. Las narraciones se modificaban al pasar de una voz a otra: cambiaban los nombres, los peligros, el lugar de la acción y hasta el final.

En Europa, la literatura de cuentos de hadas se desarrolló también en los salones aristocráticos del siglo XVII. Autoras como Madame d’Aulnoy y escritores como Charles Perrault transformaron materiales folklóricos y literarios en historias pensadas para públicos concretos. Más tarde llegaron las grandes recopilaciones del siglo XIX.

La Biblioteca Británica ha destacado precisamente esta diversidad: los cuentos de Europa conviven con relatos afines de Asia, África y América. La Cenicienta que conocemos no agota todas las historias de jóvenes maltratadas que terminan superando su situación.

Por eso, cuando hablamos de «la historia verdadera» de un cuento, normalmente deberíamos decir «una versión antigua documentada». Es una distinción pequeña, pero fundamental.

Grabado de Gustave Doré de Caperucita Roja y el lobo

Caperucita Roja: un final sin rescate en 1697

En la versión publicada por Charles Perrault en 1697, el lobo llega primero a la casa de la abuela y después engaña a Caperucita. La niña reconoce demasiado tarde el peligro y el relato termina con el lobo devorándola. No aparece un cazador providencial que salve a las protagonistas.

Perrault remata la historia con una moraleja acerca de los peligros de confiar en desconocidos de apariencia amable. La advertencia no iba dirigida solo a los lobos del bosque.

La versión de los hermanos Grimm, publicada en 1812, incorpora el rescate: un cazador abre el vientre del lobo y libera a la niña y a su abuela. El animal recibe después su castigo.

Dos versiones famosas, dos finales muy distintos. Y ninguna de ellas representa por sí sola toda la tradición oral de Caperucita Roja.

Cenicienta: el zapato era solo el principio

Pocas escenas parecen tan románticas como la prueba del zapato de cristal. Sin embargo, en el relato de Cenicienta incluido por los Grimm el intento de las hermanastras de hacerse pasar por la protagonista llega a extremos violentos.

Una de ellas se corta parte de un dedo del pie y la otra parte del talón para conseguir que el zapato les sirva. La sangre delata el engaño ante el príncipe. Al final de la boda, unas palomas les pican los ojos como castigo por su crueldad y falsedad.

No todos los relatos de Cenicienta contienen esas escenas. En la versión de Perrault, que también influyó mucho en las adaptaciones posteriores, encontramos el hada madrina, la carroza y una resolución considerablemente más amable para las hermanas.

La comparación desmonta una idea común: no siempre se puede afirmar que «el cuento original era violento y después lo hicieron bonito». A veces coexistieron versiones muy diferentes desde hace siglos.

Los hermanos Grimm no inventaron la mayoría de estos relatos

Jacob y Wilhelm Grimm publicaron el primer volumen de sus Cuentos de la infancia y del hogar en 1812. Reunieron y editaron historias que circulaban en distintos entornos y que les llegaron a través de numerosos informantes.

La idea romántica de dos hermanos recorriendo exclusivamente aldeas para transcribir las palabras de campesinos sin alterar una coma es incompleta. Entre sus fuentes hubo mujeres cultas, familias de su entorno y narradores de muy distintos orígenes.

Las sucesivas ediciones introdujeron revisiones. Los propios Grimm ajustaron el estilo, el lenguaje y ciertos elementos de los relatos. Su colección es extraordinariamente importante, pero no una grabación neutral de una tradición inmutable.

También es importante reconocer a quienes contaron las historias: la Biblioteca Británica recuerda la aportación de narradoras como Dorothea Viehmann y Dortchen Wild, cuyos nombres suelen quedar a la sombra de los famosos hermanos.

Cenicienta en una ilustración de Arthur Rackham de 1919

Hansel y Gretel: cuando el miedo tenía que ver con el hambre

En Hansel y Gretel, dos hermanos son abandonados en el bosque porque la familia no dispone de comida suficiente. Después encuentran una casa que promete dulces en abundancia, pero que esconde a una bruja dispuesta a convertirlos en víctimas.

El contraste es poderoso: la escasez del hogar frente a una casa hecha de alimento; el miedo a no sobrevivir frente a una abundancia demasiado buena para ser verdad.

Estas historias no deben leerse como crónicas literales de la vida cotidiana. Pero sí nos permiten reconocer preocupaciones que muchos oyentes podían comprender: la vulnerabilidad infantil, la escasez, el engaño y la necesidad de encontrar recursos para salir adelante.

Los pequeños protagonistas sobreviven gracias a su ingenio. El cuento no se limita a asustar: también plantea la posibilidad de superar a un adversario aparentemente invencible.

Hansel y Gretel, ilustración de Carl Offterdinger

La casa de chocolate: una trampa con apariencia de premio

Las ilustraciones de los siglos XIX y XX ayudaron a fijar en la imaginación popular la casa de golosinas, los bosques frondosos y la figura amenazadora de la bruja. Cada artista destacó elementos distintos del relato.

Al contemplar una ilustración histórica descubrimos algo más que la estética de una época. Vemos cómo el cuento pasó de la voz al papel y, después, de las páginas a una memoria visual compartida.

De ahí que tantas personas recuerden escenas que no coinciden exactamente con el texto que leyeron de pequeños: los cuentos también se construyen con imágenes.

La sirenita: Andersen no escribió una boda feliz

Hans Christian Andersen publicó «La sirenita» en 1837. A diferencia de muchas historias recogidas por los Grimm, se trata de un cuento literario de autor que utiliza elementos de tradiciones sobre seres marinos.

La protagonista desea entrar en el mundo humano, pero también anhela conseguir un alma inmortal. La bruja le concede piernas a cambio de su voz, y el cambio implica un sufrimiento físico terrible: cada paso es doloroso.

El príncipe acaba casándose con otra mujer. Para regresar al mar, la sirenita tendría que matarlo, pero decide no hacerlo. Se arroja al agua y parece disolverse en espuma. Entonces se transforma en una de las llamadas hijas del aire, seres que pueden alcanzar la inmortalidad mediante buenas acciones.

Por tanto, tampoco es exacto decir que «en el original simplemente muere». Su desenlace es doloroso, pero tiene una dimensión espiritual y una segunda transformación. Las versiones cinematográficas posteriores cambiaron por completo el centro emocional de la historia.

¿Por qué eran tan duros? El miedo también enseñaba

Los cuentos populares y literarios cumplían funciones diversas. Entretenían, se contaban durante encuentros familiares, transmitían advertencias, permitían imaginar lo imposible y abordaban conflictos que resultaban reconocibles para su público.

Un bosque podía representar el peligro de lo desconocido. Una madrastra cruel concentraba tensiones domésticas. Un objeto mágico abría una salida allí donde parecía no existir ninguna. Las transformaciones, las pérdidas y los castigos daban a las historias una intensidad que las hacía memorables.

No hay una explicación única que sirva para todos los países y todos los siglos. Algunos relatos estaban destinados a adultos o a públicos mixtos; otros circularon entre niños. Y el hecho de que un cuento resultara cruel a nuestros ojos no significa que sus oyentes antiguos lo interpretaran exactamente igual que nosotros.

Tampoco todas las versiones antiguas son más violentas que las recientes. Las diferencias dependen de cada autor, editor y contexto.

Las mujeres que ayudaron a crear el mundo de los cuentos de hadas

La historia de este género no se limita a Perrault, los Grimm y Andersen. En la Francia de finales del siglo XVII, Marie-Catherine d’Aulnoy publicó recopilaciones literarias de gran influencia, entre ellas Les Contes des Fées (1697-1698). Su obra contribuyó a popularizar la expresión que daría nombre al género.

Además, numerosas mujeres transmitieron relatos como narradoras, informantes, editoras e ilustradoras. Las colecciones más famosas no habrían existido del mismo modo sin sus voces.

Recordarlas permite comprender que los cuentos fueron una obra colectiva y cambiante, aunque la posteridad haya destacado solo unos pocos apellidos.

¿Fue Disney quien cambió todos los finales?

Las películas de animación del siglo XX fijaron versiones muy conocidas, pero la simplificación de los cuentos comenzó mucho antes. Las traducciones, la literatura infantil, los libros ilustrados, el teatro y los propios cambios editoriales transformaron los relatos durante generaciones.

En algunos casos, como el de Cenicienta, ya existían versiones con tonos diferentes entre Perrault y los Grimm. En otros, como La sirenita, las adaptaciones cinematográficas dieron una resolución más claramente romántica a un relato centrado en el sacrificio y la trascendencia.

Cada adaptación cuenta también algo de la época que la produce: qué considera apropiado para los niños, qué entiende por justicia, cómo representa a las protagonistas y qué tipo de final esperan sus espectadores.

No hay nada malo en disfrutar una versión moderna. Lo interesante es saber que detrás existen otras historias.

Cómo leer hoy los cuentos clásicos sin perder su magia

Leer una versión antigua no significa que debamos ofrecérsela sin más a cualquier niño. Conviene tener en cuenta la edad, la sensibilidad y el interés de quien escucha. Para los lectores adultos, comparar dos ediciones del mismo cuento puede convertirse en una experiencia cultural fascinante.

Una buena manera de empezar es escoger un relato conocido, leer la versión de Perrault o de los Grimm y anotar lo que ha cambiado: ¿quién toma las decisiones?, ¿qué castigo recibe el personaje malvado?, ¿hay un rescate?, ¿qué enseñanza intenta transmitir la historia?

También merece la pena detenerse en las ilustraciones históricas. Los dibujos de Gustave Doré, Arthur Rackham o Carl Offterdinger demuestran que la imagen de un cuento puede ser tan influyente como sus palabras.

Al final, regresar a estos textos nos recuerda que la cultura no es una pieza de museo: son relatos que seguimos contando y transformando.

Tres lecturas para descubrir las versiones antiguas

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Preguntas frecuentes

¿Los cuentos de los Grimm se escribieron para niños?

La colección se tituló Cuentos de la infancia y del hogar, pero su historia editorial y su recepción fueron complejas. Muchos relatos provenían de entornos donde también escuchaban adultos, y las ediciones posteriores revisaron lenguaje y contenidos.

¿Cuál es el final original de Caperucita Roja?

No existe un único origen escrito para toda la tradición. En la versión de Perrault de 1697, la niña es devorada y nadie la rescata; en la versión de los Grimm de 1812, un cazador libera a la niña y a la abuela.

¿Las hermanastras de Cenicienta se cortaban los pies?

En el relato recogido por los Grimm, una se corta parte de un dedo y la otra parte del talón para intentar calzarse el zapato. Ese episodio no pertenece a todas las versiones del cuento.

¿La sirenita muere al final de la historia de Andersen?

La protagonista no logra casarse con el príncipe, se arroja al mar y pasa a convertirse en una hija del aire. Es un final ambiguo, espiritual y muy diferente de las adaptaciones románticas posteriores.

¿Los hermanos Grimm inventaron Blancanieves y Cenicienta?

No en el sentido habitual de crear de la nada una historia original. Recogieron y reelaboraron relatos preexistentes de distintas procedencias; su trabajo fue decisivo para que determinadas versiones alcanzaran fama internacional.

Historias que siguen cambiando

Quizá lo más curioso de los cuentos de hadas no sea que antes fueran más oscuros. Es que han sobrevivido porque nunca dejaron de transformarse. Las mismas historias pudieron funcionar como advertencias, entretenimientos familiares, obras literarias, películas o reinterpretaciones contemporáneas.

Detrás de un vestido de fiesta o una casa de chocolate hay siglos de voces distintas. Y volver a ellas nos permite descubrir algo sorprendente: los cuentos que creemos conocer de memoria todavía guardan secretos.

ISIMYLO · Cultura y Literatura

Fuentes y obras consultadas

Ilustraciones de dominio público: Gustave Doré, Caperucita Roja (1862); Arthur Rackham, Cenicienta (1919); Carl Offterdinger, Hansel y Gretel (siglo XIX). Archivos procedentes de Wikimedia Commons.

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